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sábado, 22 de julio de 2017

El hombre que se creía sabio



Vivía en Madrid un hombre al que todos consideraban un zoquete, pero que era inmensamente rico. Su casa era un palacete rodeado de jardines en el centro de la capital. Cualquiera que llegaba a esa mansión, con sólo echarle un vistazo a la fachada, imaginaba que alguien muy importante y distinguido vivía allí.

Una vez dentro, cada salón era más grande y ostentoso que el anterior. Enormes lámparas de cristal colgaban de los techos y exquisitos muebles llenaban todos los espacios. Estaba claro que el dueño no había escatimado dinero en construir una de las mejores casas del país.

Un día, un amigo le visitó. Recorrió todas las estancias y con cierta extrañeza, le hizo un comentario que le descolocó.

– ¡Tienes una casa impresionante! Se nota que has mandado traer magníficos objetos y las mejores antigüedades de los más recónditos lugares del mundo, pero no he visto ni un solo libro en toda la casa… ¿Cómo es posible que no tengas una buena colección? – dijo enarcando las cejas con gesto de sorpresa – Los libros son los mejores maestros que existen, pues resuelven todas las dudas, abren la mente a nuevas ideas y nos acompañan toda la vida.

– Tienes razón – respondió el hombre rico, pensativo – ¿Cómo es que no se me ha ocurrido antes?

– Bueno… Todavía estás a tiempo. Tienes espacio de sobra para construir una librería y llenarla de libros interesantes.

– ¡Sí, eso haré! Ahora mismo mando llamar al mejor ebanista de la ciudad para que haga una librería de madera pulida a lo largo de toda la pared del salón principal. Después, me ocuparé de comprar por lo menos doce mil libros que abarquen todos los temas, desde las ciencias a la astronomía, pasando por el arte, la cocina y los viajes ¡Que no se diga que no soy un hombre culto!

Pasaron los días y los enormes estantes estuvieron perfectamente terminados ¡Ya sólo le faltaba colocar en ellos los libros!

– Uf, qué pereza tener que ir a comprar tanto libro… – pensó el dueño de la casa – ¿No será mejor poner libros falsos? En realidad, van a quedar igual de bien y adornarán estupendamente el salón.

Lo pensó durante un rato y al final se decidió.

– ¡Sí, eso haré! Avisaré al pintor que suele trabajar para mí y le diré que coja tacos de madera de diferentes tamaños, que los recubra con piel y luego escriba uno a uno, con letras doradas, el título de los libros más importantes de la literatura antigua y moderna ¡Parecerán tan reales que nadie notará la diferencia!

Tres meses después, el pintor había concluido su trabajo. El dueño de la casa pensó que la obra había quedado tal y como él quería. Uno podía acercarse a tres centímetros y no darse cuenta de que los libros eran de mentira.

– ¡Qué elegantes quedan en mi salón!– se enorgullecía – No falta ni un libro importante, están todos aquí.

Tan satisfecho se sentía, que una y otra vez hacía un repaso de todos los tomos, hasta el punto que se aprendió todos los títulos de memoria.

– ¡Fantástico! Conozco todos los libros que tengo en la librería. Ahora no soy solamente un hombre rico, sino un hombre sabio.

Y aquí termina la historia de este hombre, rico pero memo, al que en realidad, aprender le daba lo mismo. No fue más sabio por saberse los títulos, sino más ignorante por despreciar todo lo que en ellos se aprende.

Moraleja: la verdadera sabiduría se adquiere leyendo las cosas que a uno le interesan y le aportan ideas y nuevos conocimientos.



martes, 18 de julio de 2017

El cascabel al gato



En una casona del centro de la ciudad, vivía una familia que tenía un gato como mascota. El minino era querido por todos y le colmaban de atenciones. Siempre tenía comida a su disposición y dormía en un mullido cojín al calor de la gran chimenea. Era un gato afortunado al que no le faltaba de nada.

Cuando no comía o estaba echándose la siesta, merodeaba por la casa buscando ratones. Le encantaba atraparlos para jugar con ellos. El gato era tan enorme y rápido que los pobres roedores vivían angustiados, siempre sintiendo una sombra amenazante cerca de su guarida.

Tanto miedo le tenían, que los ratoncitos dejaron de salir a buscar comida. Antes se organizaban de dos en dos y corrían a la cocina para robar un pedazo de queso o un mendrugo de pan que había caído al suelo. Pero desde que el gato se había adueñado de la casa, nunca encontraban el momento para salir de la cueva ¡Era demasiado peligroso!

Los ratones tenían cada día más hambre y estaban quedándose escuálidos por no comer. La situación era tan insostenible que decidieron reunirse para tomar una determinación. Una tarde se juntaron y formaron un corro. Desde los ratones ancianos a los más jóvenes, todos estaban dispuestos a solventar el problema cuanto antes.

Largo rato estuvieron debatiendo qué era lo que podían hacer, pero a ninguno se le ocurría una buena idea ¡Qué desesperación!

Cuando estaban a punto de rendirse y disolver la junta de ratones, uno de ellos se puso en pie y propuso algo muy interesante.

– ¡Ya lo tengo! – chilló con voz aguda – La única manera de poder salir de la ratonera tranquilos es tener al gato localizado. Si siempre sabemos dónde está, podemos aprovechar cuando esté lejos para movernos por la casa.

– Ciertamente es una gran idea – asintió pensativo el ratón al que todos consideraban el jefe del clan – Pero dime, muchacho… ¿Qué propones?

– ¡Muy sencillo! Le pondremos un cascabel al gato y así sabremos cuándo se acerca y estamos en peligro.

Todos se miraron en silencio y seguidamente, hubo un estallido de aplausos.

– ¡Bien dicho! – gritó uno.

– ¡Es una idea genial! – secundó otro.

¡Qué felicidad! Al fin habían encontrado una manera de tener al enemigo controlado.

Desgraciadamente, el júbilo duró muy poco. El más viejo de los ratones se atusó los bigotes y mandó sentarse a todo el mundo. Con voz grave y midiendo sus palabras, se dirigió a sus oyentes.

– Veo que todos estáis de acuerdo con el plan – habló carraspeando – Pero decidme… ¿Quién de vosotros será el encargado de ponerle el cascabel al gato?

El silencio que inundó la sala se podía cortar. Los ratones contuvieron el aliento y se quedaron petrificados por el miedo. Finalmente, comenzaron a opinar.

– Yo no puedo… Lo siento, ya soy muy mayor y tengo artrosis. No podría subirme al lomo del gato aunque quisiera – dijo un ratón canoso y con aspecto cansado.

– Yo tampoco puedo – se apresuró a decir otro con una vocecilla casi imperceptible- Sabéis que soy corto de vista y no atinaría a ponerle el collar.

– Lamento decir que debido a mi cojera, el gato me atraparía antes de que pudiera darme cuenta – apuntó un ratón de mediana edad que tenía una patita más corta que la otra.

Y así, uno tras otro, todos los ratones fueron poniendo excusas para no ponerle el cascabel al gato. Cuando habló el último, todos comprendieron que la idea era buena, pero lo difícil era llevarla a la práctica. Entristecidos, abandonaron la reunión y se fueron a sus camitas a ver si se les ocurría algo que les permitiera, algún día, deshacerse del gato.

Moraleja: hablar y opinar es fácil. Muchas veces decimos cómo tienen que ser las cosas y aconsejamos a los demás lo que deben hacer, pero hay que estar en el pellejo del otro para darse cuenta de que una cosa es lo que se dice y otra hacer lo que se predica.



miércoles, 12 de julio de 2017

El burro y el lobo



Había una vez un burro que se encontraba en el campo feliz, comiendo hierba a sus anchas y paseando tranquilamente bajo el cálido sol de primavera. De repente, le pareció ver que había un lobo escondido entre los matorrales con cara de malas intenciones.

¡Seguro que iba a por él! ¡Tenía que escapar! El pobre borrico sabía que tenía pocas posibilidades de huir. No había lugar donde esconderse y si echaba a correr, el lobo que era más rápido le atraparía. Tampoco podía rebuznar para pedir auxilio porque estaba demasiado lejos de la aldea y nadie le oiría.

Desesperado comenzó a pensar en una solución rápida que pudiera sacarle de aquel apuro. El lobo estaba cada vez más cerca y no le quedaba mucho tiempo.

– ¡Sí, eso es! – pensó el burrito – Fingiré que me he clavado una espina y engañaré al lobo.

Y tal como se le ocurrió, empezó a andar muy despacito y a cojear, poniendo cara de dolor y emitiendo pequeños quejidos. Cuando el lobo se plantó frente a él enseñando los colmillos y con las garras en alto dispuesto a atacar, el burro mantuvo la calma y siguió con su actuación.

– ¡Ay, qué bien que haya aparecido, señor lobo! He tenido un accidente y sólo alguien tan inteligente como usted podría ayudarme.

El lobo se sintió halagado y bajó la guardia.

– ¿En qué puedo ayudarte? – dijo el lobo, creyéndose sobradamente preparado.

– ¡Fíjese qué mala suerte! – lloriqueó el burro – Iba despistado y me he clavado una espina en una de las patas traseras. Me duele tanto que no puedo ni andar.

Al lobo le pareció que no pasaba nada por echarle un cable al burro. Se lo iba a comer de todas maneras y estando herido no podría escapar de sus fauces.

– Está bien… Veré qué puedo hacer. Levanta la pata.

El lobo se colocó detrás del burro y se agachó. No había rastro de la astilla por ninguna parte.

– ¡No veo nada! – le dijo el lobo al burro.

– Sí, fíjate bien… Está justo en el centro de mi pezuña. ¡Ay cómo duele! Acércate más para verla con claridad.

¡El lobo cayó en la trampa! En cuanto pegó sus ojos a la pezuña, el burro le dio una enorme coz en el hocico y salió pitando a refugiarse en la granja de su dueño. El lobo se quedó malherido en el suelo y con cinco dientes rotos por la patada.

¡Qué estúpido se sintió! Creyéndose más listo que nadie, fue engañado por un simple burro.

– ¡Me lo merezco porque sin tener ni idea, me lancé a ser curandero!

Moraleja: cada uno tiene que dedicarse a lo suyo y no tratar de hacer cosas que no sabe. Como dice el refrán: ¡zapatero a tus zapatos!



sábado, 8 de julio de 2017

El avaro y el oro



Había una vez un hombre tan avaro, que su mayor ilusión en la vida era tener riqueza para sentirse una persona importante.

Un día decidió vender todo lo que tenía; metió en un gran saco todas sus pertenencias y se fue a la ciudad montado en su fiel burrito. Al llegar, lo cambió todo por un resplandeciente lingote de oro ¡Ni siquiera sintió pena por deshacerse del burro, al que tanto quería! Lo importante para él, era ser rico de verdad.

Regresó a pie al tiempo que iba pensando en qué lugar escondería su valioso tesoro. Tenía que ponerlo a salvo de posibles ladrones. En su hogar ya casi no tenía bienes porque había vendido prácticamente todo, pero le daba igual… ¡Ese lingote merecía la pena!

Buscó concienzudamente un sitio adecuado y al final, en el jardín que rodeaba la casa, encontró un agujero oculto tras una piedra.

– ¡Es el sitio perfecto para esconder el lingote de oro! – pensó mientras lo envolvía cuidadosamente en un paño de algodón y lo metía en el hueco.

Aunque creía que jamás nadie descubriría su secreto, no podía evitar estar intranquilo. Dormía mal por las noches y cada día, con los primeros rayos de sol, salía al jardín y levantaba la piedra para comprobar que la pieza de oro seguía en su lugar. Satisfecho, continuaba con sus tareas diarias. Durante meses, actuó de la misma manera cada mañana: se levantaba e iba directo al agujero camuflado tras la roca.

Un vecino que solía pasear por allí a esas horas, veía cómo todos los días el avaro levantaba una piedra del jardín y luego se marchaba. Intrigado, decidió investigar qué era eso que tanto miraba. Con mucho sigilo se acercó a la roca y para su sorpresa, descubrió un reluciente lingote de oro del tamaño de una pastilla de jabón. Rápidamente se metió el botín en un bolsillo y desapareció sin que nadie le viera.

Cuando el avaro fue la mañana siguiente a ver su tesoro, el hueco estaba vacío.

– Oh, no… ¡Me han robado! ¡Me han robado! ¡Ya no soy un hombre rico! – se lamentaba – ¿Qué va a ser de mí?…

Un campesino que oyó su llanto, se acercó y le preguntó el motivo de su tristeza. Abatido le contó la historia. El campesino no pudo evitar decirle lo que pensaba.

– Te desprendiste de cosas que eran útiles para ti y las cambiaste por un lingote de oro inservible, tan sólo por el placer de contemplarlo y sentirte rico y poderoso. Coge ese pedrusco gris que está junto a tus pies, colócalo en el agujero y piensa que es un trozo de oro. Total, te va a servir para lo mismo, es decir… ¡para nada!

El avaro admitió que se había equivocado. Ahora era más pobre que nunca pero al menos aprendió de su error y comenzó a apreciar las cosas importantes de la vida.

Moraleja: debemos valorar las cosas que son útiles y nos hacen la vida más agradable. Acumular riqueza, si no se disfruta, no sirve de nada.



martes, 4 de julio de 2017

El anciano y el niño



Un anciano y un niño iban juntos viajando con su burrito por los polvorientos caminos de la India. Sucedió que, tras varias horas andando sin parar, llegaron a un pequeño pueblo. Al pasar por la plazoleta del mercado, dos jóvenes que estaban sentados al fresco, comenzaron a reírse y a gritar para que todo el mundo les escuchara.

– ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo es posible que ese viejo y ese chaval sean tan idiotas? Vienen de muy lejos caminando y tirando del burro en vez de subirse en él.

– ¡Niño! ¿No te da pena el abuelo? ¡Deja que se monte en el burro, que ya es muy mayor y no está para muchos esfuerzos!

El niño miró al anciano y, haciendo un gesto con la manita, le invitó a subirse al borrico. Siguieron avanzando y poco después atravesaron una aldea donde todo el mundo andaba muy atareado con sus labores. Parecía que nadie se había dado cuenta de su presencia, pero no… Una mujer que llevaba un bebé en el regazo, comenzó a increparles a viva voz.

– ¡Pero qué ven mis ojos! ¿No le da vergüenza ir sentado en el burro cómodamente, mientras el pobre niño tiene que ir andando?

El anciano se sonrojó e inmediatamente se bajó del asno. Sujetó a su nieto por la cintura y, ante las miradas de una docena de personas que se habían congregado a su alrededor, le ayudó a subirse al burro.

Continuaron su trayecto despacito, pues el anciano tenía cierta cojera y le crujían algunos huesos. Pasaron por un puente de piedra que salvaba un río de aguas agitadas. Un grupo de personas venía en dirección contraria, cargando pesados sacos de cereal. Al pasar por su lado, unos y otros empezaron a cuchichear. Un hombre de mediana edad no pudo evitarlo y se giró para reprenderles.

– ¡Jamás había visto nada semejante! El niño tan ricamente subido en el burro y el anciano tirando de la cuerda ¡Qué desagradecida es la gente joven con sus mayores! ¡Deberías tener un poco más de respeto, chaval!

El anciano y el niño bajaron la cabeza colorados como tomates. Decidieron que la mejor solución, era montarse los dos en el burro y así se acabarían los comentarios maliciosos de la gente. No pasó demasiado tiempo cuando, al atravesar un campo de patatas donde los campesinos se afanaban por recoger la cosecha, oyeron la voz ronca de un tipo que les miraba indignado.

– ¡No me lo puedo creer! ¡Eh, fijaos en esos dos! ¡Con lo que pesan, van a matar al burro! ¿No os parece injusto tratar así a un animal?

¡Los pobres ya no sabían qué hacer! Hartos de tanta burla, pararon unos minutos a deliberar y finalmente, optaron por cargar al burro a sus espaldas. Imaginaos la escena: un viejecito y un niño, sujetando como podían a un pollino que les triplicaba en tamaño y pesaba más de cien kilos. Con mucho esfuerzo y envueltos en sudor, consiguieron llegar a la siguiente población que encontraron a su paso. Sólo pensaban en comer y beber algo, tan agotados que estaban.

Pero una vez más, al pasar por delante de la taberna, oyeron risotadas y una voz que resonaba por encima de las demás.

– ¡Ja, ja, ja! ¡Desde luego, hay que ser tontos! ¡Esos dos tienen un burro y en vez de subirse en él, son ellos quienes van cargados como si fueran animales de carga! ¡Desde luego ese asno ha nacido con suerte!

Se formó tal alboroto en torno a ellos, que el pobre burro se asustó y echó a correr hasta que desapareció para siempre. El abuelo y el niño se sentaron en el suelo desconsolados. Comprendieron que había sido un gran error intentar quedar bien con todos: fueron juzgados injustamente y encima, su fiel burrito de había escapado.

Moraleja: Esta preciosa fábula nos enseña que en la vida, es imposible agradar a todo el mundo. Hagas lo que hagas, siempre estarás expuesto a ser criticado por unos y otros. Piensa y reflexiona siempre sobre las cosas y, después, haz lo que te dicten el corazón y el pensamiento. Siempre, siempre, siempre, sé tú mismo.



miércoles, 28 de junio de 2017

Mercurio y el leñador



Había una vez un leñador que cada mañana acudía a trabajar a un bosque cerca de su hogar. Por allí pasaba un río que estaba dedicado al dios Mercurio. En sus aguas cristalinas, el hombre solía refrescarse los días de mucho calor.
Cierto día de verano, el bochorno era tan fuerte que, sudoroso, se acercó a la orilla para mojarse las manos y la cabeza. En un descuido, el hacha que utilizaba para partir la leña se deslizó de su cinturón y cayó sin remedio al agua. Desgraciadamente para él, la corriente arrastró la vieja herramienta y desapareció de su vista.
El infortunado leñador comenzó a llorar. Era pobre y el hacha, su único medio de vida.
– ¡Oh, no, qué mala suerte! ¿Qué voy a hacer ahora?
El dios Mercurio, que a menudo paseaba por allí, le vio tan compungido que sintió mucha pena por él. Se acercó despacito para no asustarle y se interesó por la causa de su tristeza.
– ¿Qué te sucede, buen hombre? ¿Por qué estás tan apenado?
– El río se ha tragado mi hacha. Ya no podré trabajar más cortando troncos porque no tengo dinero para comprar una nueva. ¿Qué va a ser de mí?
Mercurio le mostró entonces un hacha de oro.
– ¿Es el hacha que has perdido?
– No, señor, no lo es.
El dios cogió un hacha de plata y lo puso ante los ojos llorosos del leñador.
– ¿Es el hacha que has perdido?
– No, señor, tampoco lo es.
De nuevo tomó Mercurio un hacha de hierro, viejo y oxidado.
– ¿Es el hacha que has perdido?
– ¡Sí, muchas gracias, señor, qué alegría!
El hombre estaba feliz y agradecido, pero el dios lo estaba todavía más después de comprobar que el corazón del humilde leñador rebosaba bondad. Le había ofrecido dos hachas muy valiosas y el leñador no se había dejado llevar por la codicia ni por la mentira. ¡Era una buena persona que decía la verdad!
– Tu sinceridad tiene premio. Ten el hacha de oro y el hacha de plata. Son para ti. Véndelas y gana un buen dinero. ¡Te lo mereces!
¡El leñador regresó a su casa como loco de contento! Había recuperado su hacha para trabajar y además, el obsequio del dios le permitiría vivir desahogadamente durante muchos años, pues el oro y la plata se pagaban muy bien.
Al día siguiente se reunió con otros leñadores y les contó la extraña historia que había vivido en el bosque. Uno de ellos, muerto de envidia, decidió probar suerte para tratar de hacerse rico también. Esa misma tarde, se acercó al río, y cuando comprobó que nadie le miraba, dejó caer al agua su hacha de hierro. En segundos, un remolino se la tragó y desapareció. Se puso a llorar fingidamente y Mercurio acudió a su encuentro.
– ¿Qué te sucede? Te veo muy apenado.
– ¡Estoy desolado! Se me ha caído el hacha al río y no sé qué voy a hacer ahora…
El dios le mostró un hacha de oro.
– ¿Es el hacha que has perdido?
Al leñador, al ver el hacha de oro reluciendo bajo el sol, le dio un vuelco el corazón. ¡Era su oportunidad para forrarse de dinero! Llevado por la avaricia, contestó:
– ¡Sí, sí señor, lo es! ¡Muchas gracias!
Pero Mercurio sabía que no era cierto y entró en cólera.
– ¡Debería darte vergüenza! ¡Eres falso y ambicioso! Te irás por dónde has venido sin nada. El hacha de oro seguirá en mi poder y tu hacha de hierro permanecerá para siempre bajo el fondo embarrado del río. ¡Cada cual en esta vida tiene lo que se merece!
Mercurio desapareció bajo las aguas y el leñador mentiroso regresó al pueblo maldiciendo y con las manos vacías.
Moraleja: En la vida hay que ser sincero. No debemos aprovecharnos de las circunstancias con mentiras porque, por lo general, se volverán contra ti.



miércoles, 21 de junio de 2017

El mono y las lentejas



Cuenta una antigua historia que una vez un hombre iba cargado con un gran saco de lentejas. Caminaba a paso ligero porque necesitaba estar antes del mediodía en el pueblo vecino. Tenía que vender la legumbre al mejor postor, y si se daba prisa y cerraba un buen trato, estaría de vuelta antes del anochecer. Atravesó calles y plazas, dejó atrás la muralla de la ciudad y se adentró en el bosque. Anduvo durante un par de horas y llegó un momento en que se sintió agotado.

Como hacía calor y todavía le quedaba un buen trecho por recorrer, decidió pararse a descansar. Se quitó el abrigo, dejó el saco de lentejas en el suelo y se tumbó bajo la sombra de los árboles. Pronto le venció el sueño y sus ronquidos llamaron la atención de un monito que andaba por allí, saltando de rama en rama.

El animal, fisgón por naturaleza, sintió curiosidad por ver qué llevaba el hombre en el saco. Dio unos cuantos brincos y se plantó a su lado, procurando no hacer ruido. Con mucho sigilo, tiró de la cuerda que lo ataba y metió la mano.

¡Qué suerte! ¡El saco estaba llenito de lentejas! A ese mono en particular le encantaban. Cogió un buen puñado y sin ni siquiera detenerse a cerrar la gran bolsa de cuero, subió al árbol para poder comérselas una a una.

Estaba a punto de dar cuenta del rico manjar cuando de repente, una lentejita se le cayó de las manos y rebotando fue a parar al suelo.

¡Qué rabia le dio! ¡Con lo que le gustaban, no podía permitir que una se desperdiciara tontamente! Gruñendo, descendió a toda velocidad del árbol para recuperarla.

Por las prisas, el atolondrado macaco se enredó las patas en una rama enroscada en espiral e inició una caída que le pareció eterna. Intentó agarrarse como pudo, pero el tortazo fue inevitable. No sólo se dio un buen golpe, sino que todas las lentejas que llevaba en el puño se desparramaron por la hierba y desaparecieron de su vista.

Miró a su alrededor, pero el dueño del saco había retomado su camino y ya no estaba.

¿Sabéis lo que pensó el monito? Pues que no había merecido la pena arriesgarse por una lenteja. Se dio cuenta de que, por culpa de esa torpeza, ahora tenía más hambre y encima, se había ganado un buen chichón.

Moraleja: A veces tenemos cosas seguras pero, por querer tener más, lo arriesgamos todo y nos quedamos sin nada. Ten siempre en cuenta, como dice el famoso refrán, que la avaricia rompe el saco.